De niño, frecuenté mucho los hospitales. No es que estuviese enfermo a menudo, acompañaba a mi padre que curaba niños. Kinesiterapeuta, trabajaba en clínicas pediátricas, en centros para enfermos motor cerebrales, así como en centros para sordomudos. Las primeras veces, tuve miedo. Miedo de los niños diferentes. Miedo de la enfermedad que los obligaba a permanecer en habitaciones impersonales. - ¿Es contagioso? Preguntaba. - No te traería si corrieses algún riesgo, contestó mi padre. Sin estar del todo tranquilo, conocí a chicos y chicas que, al pasar las semanas, se convirtieron en amigos y amigas. De la mano de mi padre recibía una educación bastante extraña: me movía en un mundo donde lo normal no era la norma, un mundo donde la enfermedad pasaba por ser algo habitual y excepcional la buena salud, un mundo donde ciertos pensionistas desaparecían no porque hubiesen vuelto a casa si no porque la enfermedad se los había llevado. Muy pronto, para mí, la muerte fue algo cercano, accesible, una merodeadora que gira alrededor nuestro antes de mordernos. Contrariamente a tantos niños - y adultos- no me creí por mucho tiempo inmortal... Las personas a las que conocía, con la rápida inteligencia de la niñez, se habían adaptado perfectamente a esa nueva vida donde tenían sus marcas, sus referencias, sus alegrías. El hospital, lejos de ser un retiro, se convertía en un lugar de existencia. Demostraban un sentido del humor feroz, que persiste en Oscar y Mamie Rose, se ponían motes que les permitían burlarse de la enfermedad, Bacon para los grandes quemados, Einstein para los macrocéfalos... Aunque eso chocase a algunos adultos del exterior, me parecía ya por aquel entonces que aquellas burlas gozaban de buena salud. ¿Qué mejor arma que la broma para enfrentarse a lo ineludible, hacer frente a lo insostenible? Descubrí también sus fuentes de sufrimiento, a veces la enfermedad, pero sobre todo la soledad, soledad por la ausencia de los padres o -peor todavía- por la incapacidad de los padres para conservar una relación con un hijo enfermo. Tantos padres y madres abrumados por lo que le ocurría a su progenitura, que ya no conseguían mantener una conversación normal, a mostrarse alegres, joviales. Algunos incluso desaparecían, aplastados por la incomodidad, los remordimientos o la vergüenza... Mi padre me hacía entender que esos comportamientos tenían su lógica, aunque no fuesen siempre justificables ni justificados. Ignorando mi indignación, me obligaba a comprender el punto de vista del otro, iniciándome sin presagiarlo a mi oficio de escritor, que crea diferentes personajes cada uno con su propia ventana al universo. Más tarde, en mi vida de adulto, volví a los hospitales. Algunas veces para acompañar a algún allegado en momentos difíciles. A veces para convertirme yo mismo en paciente. Como Oscar, he conocido la enfermedad mortal. A diferencia de Oscar, me pudieron curar. Sin embargo, cuando me curé -¿Pero se puede uno curar para siempre?- descubrí que no era tan importante curarse. Pensaba incluso que había algo indecente en la curación: el olvido de los que no se curan. De ahí nació el libro Oscar y Mamie Rose. Se resume quizás a esta obsesión: más importante que el curarse, hay que ser capaz de aceptar la enfermedad y la muerte. Pasaron años antes de que me atreviese a escribir este libro, muy consciente de que tocaba un tema no solo sensible, sino tabú: el niño enfermo. ¿No decía acaso Dostoïevsky que la muerte de un niño impide creer en Dios? Y sin embargo, Oscar le escribe a Dios. Y sin embargo, Mamie Rose, en su última carta, no se indigna si no que agradece a Dios por hacerle conocer y amar a Oscar. Aunque llore por lo que ya no está, tiene la fuerza de alegrarse por lo que estuvo. Dios no es sólo el destinatario de estas cartas, sino el personaje principal de esta historia. Evidentemente, lo es a su manera, es decir de forma ambigüa, misteriosa. Al principio, el niño no cree, le dirige esas misivas sólo para contentar a Mamie Rose. Sin embargo, este ejercicio diario le sienta bien, permitiéndole distinguir entre lo esencial y lo accidental, lo espiritual y lo material, forzándolo a definir en cada postdata lo que realmente quiere, obligándolo a abrirse de nuevo progresivamente a los otros y a la vida. Entonces parece ser que Dios le aporta algunas respuestas: ciertamente, el niño no está seguro, si recibe mensajes, ¿Cómo estar seguro que vienen de Dios? Luego, en la iglesia, delante de la efigie de Cristo, la meditación que lleva a cabo con Mamie Rose sobre los dos sufrimientos -el físico y el moral- le va a permitir enfrentarse de otra manera a lo desconocido. Finalmente, una mañana, el niño cree recibir una visita y durante esa visita, una lección vital: "el golpe de la primera vez". ¡Naturalmente, no más que Oscar, no sabremos si Dios existe y se interesa por nosotros! Pero su mediación -real o imaginaria- permitió al niño ganar serenidad, amor, glotonería, ha transformado en ricos sus últimos días y en soportable la aproximación del fin. Como dice uno de mis amigos ateos: "Aunque Dios no sea más que ese favor que el hombre inventa para el hombre, ya es mucho." ¿Dios o lo mejor del hombre? Cada uno decidirá... Oscar existió en mí desde sus primeras palabras. Ahora sé que vive para millones de personas Lo amo. Admiro su franqueza, su valentía, su rechazo al pathos, su energía que se despliega hasta el final - cuando ya no se puede mover, todavía puede pensar- su sabiduría, su generosidad inagotable. Este pequeño niño de diez años se ha convertido en mi modelo. Espero que, cuando me enfrente a mi vez a la misma situación, sabré mostrarme digno de él. Eric-Emmanuel Schmitt |