El Sr.Ibrahim y las flores del Corán

Resumen

Segunda entrega del ciclo de lo invisible.

A los trece años, Momo, un chico judío de un barrio obrero de París, se encuentra solo en el mundo, con el único apoyo del vendedor musulmán de la tienda de comestibles en la que compra habitualmente y el afecto de las prostitutas de la calle. En esta novela de iniciación, Momo descubrirá que la calle Azul no es azul, que el "Árabe" no es "árabe" y que la vida no tiene por qué ser triste.

Comentarios del autor

« Hay textos que se llevan »

Hay textos que se llevan tan naturalmente dentro de sí, que uno ni se da cuenta de la importancia que tienen. Se escriben como se respira. Se expiran más que se componen.

El Sr. Ibrahim y las flores del Corán forma parte de estos textos. Escrito en unos días en la esquina de una mesa para complacer a un amigo, se me impuso sin ruido y sin esfuerzo. Nunca hubiese podido imaginar que llegaría a tener tanto éxito, ni que daría la vuelta al mundo, ni mucho menos que en muchos países, me convertiría a partir de entonces en «  el autor del Sr. Ibrahim. »
Bruno Abraham-Kremer, amigo y actor, vino a pasar conmigo unos días, a mi casa de Irlanda, después de un viaje a Turquía durante el cual caminó por los paisajes áridos de Anatolia, visitó monasterios sufís, giró con los derviches para rezar... Vovía impregnado con los poemas místicos ligados al Islam. Nos pusimos a hablar de Rumia, ese magnífico sabio y escritor, de la humildad que aconseja, de la danza como un rezo. A medida que intercambiabamos impresiones, mi pensamiento se elevaba sobre una alfombra voladora por Oriente.
Puesto que una vida sabia tiene a menudo sus orígenes en la infancia, evocamos a nuestros abuelos, dándonos cuenta de que nos habían marcado tanto como los habíamos querido. Bajo las figuras sonrientes y apaciguadas de nuestros ancestros, el Sr. Ibrahim empezaba a asomar. Entonces Bruno me contó su novela familiar, yo evoqué la mía...

Cuando Bruno Abraham-Kremer me dejó, le prometí que le escribiría un día un texto que mezclaría nuestro amor por ese Islam y los recuerdos de nuestra adolescencia. En realidad, apenas lo dejé en el avión, empecé a garabatear. Momo hablaba solo. Sólo tenía que escuchar lo que me dictaba.Una semana más tarde llamé por teléfono a Bruno Abraham Kremer.

- He hecho el texto que te había prometido.
- Ah, si... ¿Ya has empezado ?
- No, he terminado.¿Dónde estás?
- En París. En la calle.
- Tengo ganas de leértelo.¿Hay un banco cerca de tí donde podrías sentarte ?
- No. Pero está el borde de la acera. Ya está, tengo los pies en la alcantarilla : te escucho.
 Y le leí de una tacada las aventuras de Momo y del señor Ibrahim. De tarde en tarde, para darme ánimos,reía. A veces, ya no le escuchaba.
- ¿Todavía estás ahí?¿ Me oyes aún?
- Estoy llorando...

Al final concluí la conversación diciéndole que si quería leer el texto en escena se lo regalaba. Inmediátamente, pensé en otra cosa y me zambullí en un nuevo escrito. Para mí, el asunto estaba cerrado. Texto de corazón, escrito de memoria, el Señor Ibrahim permaneció en una esfera íntima, no pensaba en realmente darle, si no eventualmente en el teatro, un destino público a ese texto.
No me dejaron.
Mis allegados, mis amigos, mi editor, todo el mundo se entusiasmó con ese texto. Lejos de agradarme, me agobiaban un poco tantos cumplidos que a mí me parecían exagerados : ¿Por qué se excitan tanto con estas páginas que tan poco me han costado cuando hay otras que me han hecho sudar durante horas ? Como a todo ser humano, me gusta lo que me ha costado, lo que ha exigido esfuerzos porque me gano mi propia estima. Estaba equivocado. El sudor no es síntoma de talento. Lo natural a menudo vale más que lo forzado, el artista tiene que admitir que ciertas cosas le sean fáciles : esto es lo que me enseñó el destino del Sr. Ibrahim.


¿Quiénes son Momo y el Señor Ibrahim?
Dos seres a los que nadie presta atención. Momo, niño solitario, no tiene más que un padre, que apenas merece ese calificativo, tal es su estado depresivo que le impide cuidar de su hijo, educarlo, instruirlo, transmitirle las ganas de vivir y sus principios. En cuanto al Señor Ibrahim, sólo se le pide que dé el cambio correctamente. Estos dos seres van a modificar sus vidas mirándose. Este encuentro va ha enriquecerles como nunca. Se ha glosado mucho sobre el hecho de que el niño sea judío y el tendero musulmán. Tienen razón. Es muy intencionado por mi parte. Con eso, he querido a la vez testimoniar y provocar.
Testimoniar porque en numerosos lugares de la tierra... en capitales europeas, en puertos, en ciudades americanas, en pueblos del Maghreb - existe una cohabitación harmoniosa de seres de orígenes diferentes, de religiones diferentes. En París, en la calle Azul donde transcurre esta historia, una calle donde he vivido y que definitivamente no es azul, vivían una gran mayoría de judíos, algunos cristianos y musulmanes. Esos ciudadanos compartían no sólo la calle, si no lo cotidiano, la alegría de vivir, los problemas, la conversación. Amistades o simpatías nacían entre gentes que venían un poco de cualquier sitio, geográfica o espiritualmente.
En ese barrio popular bajo Montmartre, tenía la impresión de vivir en lugar rico y abundante, donde las culturas se encontraban, se interesaban unas por otras, bromeándo sobre sus diferencias, como por ejemplo el viejo médico judío que le explicaba al tendero musulmán que sólo celebraría el Ramadán si viviese en Suecia, donde se hace de noche a las tres de la tarde. Sin embargo la actualidad periodística sólo se hace eco de lo que no funciona, nunca de lo que funciona correctamente. De esta manera reduce de manera perniciosa las relaciones judio-árabes al conflicto israelo-palestino, descuidando las zonas de entendimiento y de cohabitación pacífica. Acreditando la noción de una oposición irremediable. Sin negar lo trágico del conflicto, no hay que confundir sin embargo el verdadero ruido del mundo con una parte del mundo, ni con el estrépito periodístico y político. Me parecía importante contar una historia feliz de fraternidad. Uno de mis grandes orgullos fue descubrir que, por ejemplo, en Israel, los partidarios de la paz, árabes, cristianos y judíos, utilizan al Señor Ibrahim y las flores del Corán para intentar propagar su esperanza, representándolo en el mismo teatro de manera alterna, una noche en su versión árabe, otra en su versión hebrea.

Mi provocación fue dar una imagen positiva del Islam en el momento en el que los terroristas desfiguraban esa fe dedicándose a realizar actos  inmundos. Si actualmente el islamismo insulta al Islam, si el islamismo infecta el planeta, debemos urgentemente distinguir entre Islam e islamismo, arrancar de nuestros corazones ese miedo irracional hacia el Islam e impedir que se confunda una religión cuya sabiduría milenaria guía a millones de seres con la mueca excesiva y mortífera de ciertos agitadores.
Las historias tienen que representar un papel en nuestra vida intelectual, incluso las pequeñas historias que presentan a personajes pequeños. El amor que une al Señor Ibrahim y a Moisés, porque ocurre simplemente en seres de carne y hueso cuyos sentimientos nos son cercanos, invalida nuestro miedo al otro, ese miedo que no se nos parece.
El Señor ibrahim le enseña cosas esenciales a Momo : a sonreir, a conversar, a no moverse tanto, a mirar a las mujeres con los ojos del corazón, no con los de la concupiscencia. Lo lleva a un universo más contemplativo y le hace incluso aceptar la idea de la muerte. Todo eso, el señor Ibrahim lo ha aprendido en su Corán. Podría haberlo aprendido en otro sitio, pero él lo aprendió en su Corán. « Sé lo que hay en mi Corán » repite sin parar.
Cuando recupere su viejo ejemplar, Momo descubrirá lo que había en el Corán del Señor Ibrahim : flores secas. Su Corán, es tanto el texto como lo que el Señor Ibrahim ha depositado él mismo, su vida, su manera de leer, su interpretación. La espiritualidad no consiste en repetir mecánicamente frases al pie de la letra, si no en comprender el significado, los matices, el alcance... La espiritualidad verdadera sólo sirve con una mezcla de obediencia y espiritualidad. Aquí está pues la explicación que me piden siempre, la explicación de este título misterioso, El Señor Ibrahim y las flores del Corán.

Bruselas, el 16 de noviembre de 2004
Eric-Emmanuel Schmitt

Críticas

Télérama - « Una joya de la escritura, de la emotividad, del humor ... »

Una joya de la escritura, de la emotividad, del humor al servicio de una historia de amor simple entre Momo, joven judío y el viejo tendero árabe de la calle Azul de París. Eric-Emmanuel Schmitt desvela aquí su alteridad. Acróbata en la cuerda floja, cumple el sueño de Flaubert:"Lo que me parecería bonito sería hacer un libro sobre nada, sin ataduras externas."

Sylviane Bernard-Gresh

El Mundo - « El teatro no tiene edad »

Más de medio siglo separa a Juan Margallo (Cáceres, 1940) de Ricardo Gómez (Madrid, 1994). Sin embargo, el inseparable compañero de Petra Martínez no quiere asumir el papel de maestro de nada.

Juntos protagonizan 'El señor Ibrahim y las flores del Corán', una obra de Eric-Emmanuel Schmitt que narra la tierna historia de amistad entre un tendero musulmán y un adolescente judío. Un canto a la tolerancia con el que Margallo lleva recorriendo los escenarios un lustro y que le valió el premio Max al Mejor Actor Protagonista en 2006.

PREGUNTA.- ¿En este nuevo montaje hay algún cambio, además de la presencia de Ricardo Gómez?

JUAN MARGALLO.- No, pero es que él lo cambia todo. Tiene justo la edad del personaje y es muy difícil encontrar a un actor de 15 años que sea bueno, para hacer un mano a mano como éste. Tuve la suerte de coincidir con él en Cuéntame y de que estuviera libre.

P.- Ricardo, ¿le asustó la propuesta?

RICARDO GÓMEZ.- Bueno, fue todo muy extraño. Estaba en el camerino escuchando música, entró Juan a contarme el proyecto y a la semana ya estábamos ensayando.

P.- ¿Juan ha ejercido de maestro?

J.M.- No, precisamente de eso habla la obra. En la vida los maestros no deben enseñar, sino ayudar a que uno mismo encuentre el conocimiento. Yo estudié con William Layton y él decía que nunca debía privarse al alumno de la alegría del descubrimiento. Con Ricardo he hecho exactamente eso.

P.- ¿Y qué ha aprendido? R.G.- La verdad es que todo. De teatro sabía lo justo y, aunque me falta mucho, ya tengo la manera de moverme, de pensar... En televisión, con que la cámara te crea es suficiente. Aquí tú te lo tienes que creer para que el público también lo haga. Es totalmente distinto.

P.- ¿Es verdad el tópico de que uno demuestra que es buen actor en el escenario?

J.M.- No. Yo creo que si eres bueno, lo demuestras en todos los campos. Se trata de cambiar el chip.

R.G.- Yo no sé si me juzgarán por la obra. Estoy nervioso por el reto que suponen las tablas, sobre todo porque en televisión ya tengo muy cogido mi personaje.

J.M.- Lo tienes cogidísimo. Es increíble cómo memoriza sus textos.

P.- Por su defensa de la alianza de civilizaciones, resulta una obra muy oportuna...

R.G.- Sí, lo que viene a decir la función es que no hay tanta diferencia entre judíos y musulmanes como nos quieren hacer creer.

P.- Otro valor importante que resalta es el respeto a los mayores... J. M.- Sí, a mí personalmente me ha servido de mucho porque ya soy mayor y tenía mucho miedo a la muerte. Mi nieta me preguntaba hace poco: "Abuelo, ¿te vas a morir?". Y este texto me daba fuerzas para explicarle que no pasa nada, que cuando uno ha vivido lo que tiene que vivir se muere y ya está.

P.- Aun así, hay mucho humor... R.G.- A pesar de lo filosófica que es, tiene unos puntos bastante graciosos con los que nos reímos mucho en los ensayos. No deja de ser como la conversación que pudiera tener un abuelo con su nieto.

 

José Luis Romo

El País - « Un bello viaje iniciático »

Hace tres años dos reconocidos profesionales del teatro español contemporáneo coincidieron en una de las propuestas escénicas más interesantes que hubo por entonces. Juan Margallo, al que tantas veces se ha disfrutado, no solamente como actor, se ponía bajo las órdenes de Ernesto Caballero en su versión teatral, que también dirigía, del relato de Eric-Emmanuel Schmitt El señor Ibrahim y las flores del Corán. La pieza forma parte de La trilogía de lo invisible, tres narraciones en torno a las grandes religiones de la humanidad: budismo, cristianismo, judaísmo y el islam.

La obra que ahora retoman en el Teatro Arenal Margallo y Caballero, con un nuevo montaje y el estreno teatral del jovencísimo actor Ricardo Gómez (el Carlitos de la serie televisiva Cuéntame) es un permanente éxito teatral y literario en Francia, como lo fue la versión cinematográfica de François Dupeyron con Omar Sharif.

Una bellísima historia, a modo de viaje iniciático, sobre la relación entre un viejo judío y un chico árabe, en la que tiene cabida el humor y la ternura. Una propuesta teatral que no debe perderse.

ROSANA TORRES

ABC - « Lecciones de Vida »

Sencilla y profunda. Qué lecciones de vida encierra esta pequeña y redonda pieza de Éric-Emmanuel Schmitt. «El señor Ibrahim y las flores del Corán» es la entrega dedicada al islamismo y el judaísmo dentro de la denominada «Trilogía de lo invisible», compuesta por tres narraciones breves en las que el autor francés se aproxima de forma clara y sensible a las grandes religiones del mundo; las otras dos se centran respectivamente en el budismo («Milarepa») y el cristianismo («Oscar y Mamie Rose»).
En 1999, Bruno-Abraham Kremer adaptó al teatro «El señor Ibrahim...», y en 2003, François Dupeyron la llevó al cine con Omar Shariff como protagonista. Así, el encanto, la frescura, la emoción limpia que transmite la historia ha cautivado a lectores y espectadores de todo el mundo. A finales de 2004, se estrenó en el Teatro María Guerrero esta versión escénica en castellano, escrita y dirigida por Ernesto Caballero, que se ha recuperado en el Teatro Arenal, protagonizada como entonces por Juan Margallo. Una adaptación ejemplar que concentra toda la acción del relato en la cotidianidad de la tienda de comestibles que, en el París de los años 60, regenta un maduro musulmán; a este modesto establecimiento de barrio acude Moisés, un adolescente judío que roba una lata de sardinas, un hecho que desencadena un proceso de comprensión, respeto mutuo, generosidad, convivencia y afecto. Esto es una alianza de civilizaciones y lo demás son gaitas.
El montaje está dirigido con transparente eficacia, es decir, de forma brillante, siempre al servicio de un texto en el que dos seres humanos son capaces de mirarse con los ojos del corazón. El señor Ibrahim es Juan Margallo, serena, sabia y maravillosamente transmutado en ese mahometano que interpreta el Corán como un compendio de amor y tolerancia. La mirada del otro, la del jovencito judío de familia desestructurada, corre a cargo de un actor nuevo en esta plaza, el debutante Ricardo Gómez, a quien hay que alabar su coraje para saltar de una serie televisiva de gran éxito como «Cuéntame» a las tablas, donde debe defender su personaje a cuerpo limpio, y lo hace bien.

Juan Ignacio García GArzón

Publicaciones

  • En albanes, publicado por Asdreni
  • En alemán, publicado por Ammann  Verlag y Fisher (libro de bolsillo)
  • En inglés, publicado por Methuen (Reino Unido)
  • En árabe, publicado por Dar Al Shorouk
  • En euskera, publicado por Erein Argitaletxea
  • En bulgaro, publicado por Lege Artis
  • En castellano, publicado por Ediciones Obelisco y por Ediciones Destino en 2007 (libro de borsillo)
  • En catalán, publicado por Cruilla
  • En chino, publicado por Eurasian Publishing
  • En coreano, publicado por Munkhak Segye-sa publishing
  • En danés, publicado por Bjartur/HR Ferdinand
  • En estonio, publicado por Varrak
  • En finlandés, publicado por Like
  • En gallego, publicado por Faktoria K de Libros (Vigo- Pontevedra)
  • En georgiano, publicado por Bakur Sulakauri
  • En griego, publicado por Opera
  • En hebreo, publicado por Kinneret-Zmora-Dvir
  • En húngaro, publicado por Europa konyvkiado
  • En islandés, publicado por Bjartur Reykjavik
  • En italiano, publicado por Edizioni e/o
  • En japonés, publicado por Yumiko Ban
  • En lituano, publicado por Alma littera
  • En neerlandés, publicado por Uitgeverij Atlas
  • En noruego, publicado por Lanser Forlag
  • En persa
  • En polaco, publicado por Znak
  • En portugués (Portugal), publicado por Ambar
  • En portugués (Brasil), publicado por Editoria Nova Fronteira
  • En rumano, publicado por Humanitas
  • En ruso, publicado por Azbuka
  • En serbio, publicado por Laguna
  • En esloveno, publicado por Vale-Novak
  • En sueco, publicado por Storm Forlag
  • En turco, pubicado por Bilge Kültür Sanat
  • En ucraniano, publicado por Calvaria

Pasaje

El Sr.Ibrahim y las flores del Corán